| Una película |
| PILAR SALARRULLANA/ La cámara enfoca de nuevo la puerta del vestíbulo. Entra Jaime, cuarenta años, cartera en la mano. Vuelve del trabajo. Tira sin ningún miramiento la cazadora de cuero sobre un sillón, se quita los zapatos, se repantiga en el sofá, pulsa el mando a distancia y esboza un gesto de disgusto porque la película del oeste está ya empezada. La cámara gira hacia el pasillo por donde aparece Elena. "Jaime, querido; cuando puedas, ve a poner tu huella en la lavadora". El mensaje, confundido entre los disparos de los rifles yanquis y el silbido de las flechas indias, tarda en penetrar en el oído de su marido. Separa el dedo del mando y acude a la cocina para colocarlo sobre el circulo verde que ostenta una J encendida. Vuelve al salón a su postura habitual. Dos horas después. Elena entra en el salón: "Querido; necesito otra vez tu dedo". Jaime se levanta. Barrido de Elena en el balcón tendiendo la ropa. The end. Una marca de electrodomésticos ha tenido la estrambótica idea de poner en el mercado "la lavadora paritaria" que funciona, alternativamente, con la huella del hombre y de la mujer. Iniciativa que aumentará sus ventas y que dará pie a Jaime para presentarse ante su peña de amigos como el pionero de la igualdad de sexos en el hogar. Es una broma de pésimo gusto y de peores consecuencias porque nada destruye más un idea que llevarla al ridículo. Ver la noticia completa |