Cabras Locas

Qué quieren ustedes que les diga; a mi edad creo ya en muy pocas cosas, y, tratándose de dinero y de campañas de productos, en nada. Años de escuchar que el pescado azul era veneno para las personas mayores y la arteriosclerosis (veo a mi pobre suegra privándose de saborear un buen chicharro al horno), para luego recomendarlo pues dilata las arterias y enriquece la sangre.
Nos obligaron a freír patatas con aceite de soja porque el de oliva frito producía cáncer, y ahora el de oliva (gracias a Dios) está de nuevo bendito y santificado. Durante un tiempo guardamos el azúcar en el fondo del armario y estropeamos el café echándole sacarina.
Machaconamente nos convencieron de que el huevo aumentaba el colesterol (aquí fue mi padre el que renunció a los huevos fritos con puntillas que era su plato favorito), y hoy rectifican y dicen que no era cierto. Todos los bebés de nuestra época bebieron dosis masivas de anís estrellado para liberarse de los incómodos gases que llenaban su tripita dificultando la digestión de papillas y purés, y hace poco lo han retirado de las farmacias.
Yo ya no sé si mienten quienes nos recomiendan un producto o quienes nos lo prohíben. No sé si los sesudos científicos y provectos doctores que elaboran los informes son autónomos o están en la nómina de las multinacionales. Lo que sí parece es que no van a dar importancia al estado mental de la cabras que, al fin y al cabo, todos sabemos que están locas y que siempre tiran al monte.


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